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A CONTRACORRIENTE (I).

Aunque en realidad no es así, que a ningún empresario le gusta despedir pese a lo que, desde un análisis coyuntural y muy superficial, algunos intentan concluir.

Cuando un empresario –no un especulador- crea o adquiere una empresa, pretende construir un proyecto para que se consolide y perdure en el tiempo, para que le trascienda, incluso.

Y aunque sin duda uno de sus objetivos es obtener beneficios –de otra forma, el proyecto resultaría inviable y, por tanto, inútil-, los componentes sociales, de creación de empleo, de aportación de valor para la sociedad, de continuidad, están siempre implícitos en esa idea inicial de empresa que el emprendedor diseñó o completó e intenta hacer realidad.

Desde esta perspectiva –que es, en mi opinión, la única razonable- los ajustes, las reducciones de empleo … suponen un cierto fracaso de un proyecto que en ningún momento tuvo éstos entre sus objetivos.

Y es un fracaso de la empresa, del propio empresario y de la sociedad, que en ocasiones se muestra incapaz de facilitar las condiciones que propicien el desarrollo de sus empresas, de manera que esa decisión de reducir la plantilla de la compañía supone en la mayor parte de los casos el reconocimiento de la incapacidad de la empresa para cumplir sus objetivos, la imposibilidad de alcanzar las tasas de crecimiento rentable que permitan su continuidad.

Y aquí entramos en el verdadero nudo gordiano de la gestión empresarial: la eficiencia, es necesario hacer más con menos (o sus equivalentes “hacer –y vender- lo mismo con menos” –eficiencia en costes-, o “hacer más con lo mismo, o hacer –y vender- mucho más con más” –eficiencia en la gestión global-).

Con la globalización, la economía, la sociedad se ha internacionalizado. Las claves del éxito empresarial ya no son locales, ni nacionales; esas claves son ahora internacionales, globales, lo que tiene que ser necesariamente compatible con la personalización del producto y del servicio a las expectativas específicas de cada cliente. También aquí vale esa máxima de “piensa global, actúa local”.

Con la rápida irrupción y extensión de las tecnologías asociadas a internet, la competencia entre las empresas ha aumentado vertiginosamente, impulsada tanto por las facilidades de intercambio como por el poder creciente que ha ido adquiriendo el cliente en las relaciones comerciales.

Ahora ya no se vende todo lo que se fabrica; cada vez los intermediarios tradicionales tienen menos capacidad de prescripción, al menos en productos a partir de un cierto nivel de precio. Estamos entrando en la etapa del cliente, cada día con más información, más capacidad y posibilidades de elección (a un click e ratón), … más poder, en definitiva. Y lo ejerce. Y exige más por menos. Más calidad, más garantías, más prestaciones, … por menos precio; lo que incorpora una gran presión sobre las empresas.

¿Cómo pueden manejarse las empresas en este entorno?, con innovación, con calidad, con la vista siempre puesta en el cliente, … mejorando constantemente su índice de eficiencia. Y haciéndolo, además, de manera diferencial. Haciendo las cosas de manera diferente y mejor que sus competidores.

Veamos, a grandes rasgos, como podemos gestionar correctamente algunas de las variables que intervienen en esa relación cliente/empresa de las que dependerá, finalmente, el éxito o el fracaso del proyecto empresarial.

El primer punto, como ya se ha comentado, es la focalización permanente en mejorar la eficiencia empresarial de manera que esté, al menos, en línea con las mejores prácticas de nuestro sector de actividad.

La eficiencia es, como sabemos, la capacidad de la empresa de conseguir unos determinados resultados utilizando la menor cantidad de medios posible. A nivel agregado en la empresa y de manera muy simplificada, podríamos identificarla con un cociente en cuyo numerador están los ingresos de la empresa y en el denominador los costes.

De esta forma, como tal cociente, podemos mejorar la eficiencia aumentando el numerador (los ingresos) o reduciendo el denominador (los costes). Y evidentemente, cuando son necesarias soluciones a corto plazo y cuando las decisiones las debe tomar un número reducido de personas, es mucho más fácil mejorar aquel cociente reduciendo costes que aumentando ingresos: “los costes, en gran medida, dependen de mi decisión; los ingresos, en cambio, dependen de ese ente habitualmente difícil de controlar, que llamamos mercado”.

… Pero el ajuste de costes tiene habitualmente un recorrido corto.

En el próximo post profundizaremos un poco más en este concepto.