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Think different

Este eslogan de Apple resume la filosofía que debe imperar en las empresas innovadoras, en las que creen que el futuro se escribe cada día a partir de la adaptación y, siempre que sea posible, de la anticipación a las expectativas del cliente y las posibilidades reales del mercado.

Y esto pasa por la necesidad de una transformación interna que se constituye, en realidad, como la única capaz de definir una ventaja competitiva realmente sostenible, ya que actúa sobre los elementos intangibles de la organización (know how, perfiles de conocimientos, valores, cultura, …) que son los que la hacen verdaderamente única.

Transformación que tiene que ver con potenciar dentro de la Organización valores sólidos relacionados con la creatividad, la innovación, la participación convencida de toda la plantilla en el proceso de creación diario que es el que justifica a la empresa como motor de crecimiento social, y son los que permiten identificar –como explicábamos en posts anteriores cuando hablábamos de los Océanos Azules- espacios aún no disputados en clientes, productos o servicios, en los que podemos alcanzar ventajas competitivas realmente sostenibles.

Confianza, transparencia, apoyo mutuo, forman parte también de esos valores para el tiempo nuevo, que nos deben llevar a posiciones de liderazgo que en estos momentos estamos perdiendo como consecuencia de la crisis y de la precariedad que se está adueñando de muchas realidades empresariales.

Decía Ralph Norris, Consejero Delegado del Commonwealth Bank, de Australia, que “acertar en la parte humana es esencial. El éxito con nuestros empleados nos llevará al éxito con nuestros clientes y beneficiará, en última instancia, a nuestros resultados económicos”.

Actuar desde la dirección de las empresas para mantener permanentemente abierta y activa la mente de las personas, así como para crear el clima de confianza necesario para conseguir las mejores aportaciones de todos al proyecto común que debe ser la empresa es, en mi opinión, una función prioritaria de la dirección.

En la mente de muchos, el emprendedor es una persona solitaria, y un poco chiflada, que trabaja solo en su sótano hasta encontrar una idea brillante, revelada al mundo por la luz de una bombilla encendida sobre su cabeza (Pablo Martín, Prof.. I.E.-Madrid).

La realidad es que las ideas emprendedoras nunca nacen hechas y que su puesta en práctica es el esfuerzo conjunto de muchos, contribuyendo de forma interactiva y complementaria a la realización de una actividad compleja.

Nada de genios: necesitamos buenas ideas y buenos equipos. La experiencia muestra que la creación de ideas emprendedoras es solo una parte de la gestión emprendedora y que muchas veces ni siquiera es la parte más importante (“el diablo está en los detalles”).

Para mantener y mejorar la competitividad de las empresas es necesario abrirlas a la iniciativa emprendedora de todos sus miembros. O, como dice Apple, “Think different”.

La imitación en Los Océanos Azules. No es posible el éxito empresarial a largo plazo con criterios de gestión de personal solo de corto plazo

Efectivamente, un riesgo de la innovación es la imitación; que otros traten de evitar los riesgos de innovar y pretendan obtener los rendimientos de las buenas ideas una vez pulidas y contrastadas en el mercado. Son dos líneas de actuación muy consolidadas que podemos resumir en dos frases acuñadas hace mucho tiempo en el mundo de los negocios: “el que da primero, da dos veces” –a la que se opone aquello de que “a los pioneros se los comieron los indios”- y “segundo, pero mejor”.

Seguramente las dos posiciones tienen sentido. Es cuestión de elegir, cuando sea posible, las más adecuada en cada caso.

Aunque la posibilidad de elegir la tiene solo el que es capaz de innovar. Aquel que no se compromete con la investigación y el desarrollo solo tiene la segunda posibilidad: esperar que otros desarrollen y tratar después de subirse al carro del éxito, lo que no es fácil si la empresa –y sus empleados, por tanto- no tiene la innovación en las venas.

La innovación va unida necesariamente al concepto de cambio, a estar dispuesto a cambiar incluso radicalmente el status quo, lo que no es fácil en empresas a las que resulta más fácil mantener las inercias y las posiciones cómodas en las que han funcionado habitualmente.

Adelantarse, por tanto, tiene múltiples ventajas que superan con creces a los riesgos asociados a hacer las cosas de manera diferente o a hacer cosas diferentes. Además, lógicamente, de que solo la innovación hace avanzar el mundo.

Y cuando hablamos de innovación en valor, de crear un valor diferente para los stakeholders de la compañía, la protección para la empresa es aún mayor puesto que, como decía en anteriores posts, no se trata solo de hacer las cosas mejor o más baratas que nuestros competidores, sino de hacer cosas diferentes que resuelvan nuevas necesidades de los clientes aportando valor diferencial a clientes, a la propia empresa, a proveedores y a los grupos sociales vinculados o interesados en la empresa. Y eso no suele resultar fácil de copiar a nuestros competidores habituales.

Estamos cambiando las reglas del juego, incluso el terreno de juego, lo que supone para los posibles imitadores tener que tomar la decisión de salir de su habitual zona de confort, aún cuando esa zona fuera el océano rojo de la competencia agresiva para ganar cuota en la industria a costa de otros competidores (que, insisto una vez más, es una zona en la que siempre tendremos que competir –entre otras cosas porque en esa zona se siguen produciendo los rendimientos, muchas veces marginales pero necesarios, que permiten abordar la innovación, la búsqueda del océano azul, en sus inicios, en que se necesitan recursos a veces importantes-), continuando tiñendo de sangre el espacio competitivo tradicional.

No es fácil, pues, para un imitador romper su forma tradicional de hacer, ni está preparado para asumir los riesgos que entraña, para entrar en ese nuevo espacio que ha abierto el creador de la nueva industria.

Y esto cuando el nuevo negocio no está protegido por patentes, que impedirían legalmente a los pretendidos nuevos jugadores entrar en ese negocio.

Ser el primero y serlo bien parece que tiene importantes ventajas si el impulsor sabe aprovecharlas tanto en clientes como en mercados, en moral de empresa, o en marca (¡cuántos productos podemos encontrar que se identifican con el líder del mercado!), lo que se traduce en resultados excelentes para la empresa y –si gestiona con una visión sostenible de su actividad y su misión- para todos sus grupos de interés.