Etiqueta: burbuja inmobiliaria

De burbujas y otras consideraciones.

Seguimos obsesionados con los efectos devastadores que la burbuja inmobiliaria ha tenido sobre la economía española en los últimos años. Y no nos falta razón porque las consecuencias han sido –están siendo- muy duras para nuestro país, que no es un ente indefinido, sino los casi 50 millones de personas que vivimos, sentimos, trabajamos en España.

Pero como todas las obsesiones, tampoco esta es buena aunque, eso sí, debería servirnos para evitar caer de nuevo en errores reiterados como los que nos llevaron al problema de sobreexplotación de un sector que sigue siendo imprescindible en nuestro país y que, sin embargo, parece sumido en un letargo de dudosa solución a corto plazo.

En mi opinión son tres las causas de una burbuja en cualquier actividad económica:

–       Una sobreexplotación de los recursos de manera indiscriminada y sin una focalización clara en el cliente.

–       Una percepción de inexistencia de riesgos asociados a esa actividad.

–       El excesivo recurso al crédito para financiar ese crecimiento desordenado (apalancamiento).

Y las tres se dieron en su máxima expresión para hinchar (en la primera acepción del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua “hacer que aumente de volumen algún objeto o cuerpo, llenándolo de aire u otra cosa”) la burbuja inmobiliaria que estalló sin control en la segunda mitad de 2007 y cuyas consecuencias seguimos arrastrando.

–       Se construyó dee forma desordenada en un sector en el que prácticamente desaparecieron las barreras de entrada, lo que facilitó la entrada de especuladores que buscaban –y consiguieron durante muchos años- importantes beneficios a corto plazo, sin proyecto más allá de construir y vender rápidamente, sin ningún planteamiento claro de sostenibilidad.

–       La construcción son ladrillos, tiene imagen de solidez (“es una inversión segura, las casas nunca bajarán de precio” era una expresión acuñada entonces), hasta convertirse en muchos casos en un valor refugio frente a otros activos que se consideraban más volátiles. No se apreciaba riesgo por ninguna de las partes intervinientes en las transacciones. Ni las empresas, ni los bancos, ni los compradores estimaban riesgos serios en el sector, lo cual es incomprensible porque no era la primera vez que se producía un caso similar.

–       Y como no había percepción de riesgo, unido a la práctica inexistencia de desempleo en el país, el recurso al crédito se convirtió en la práctica más habitual. Y eso está bien, porque el crédito es un factor imprescindible para el progreso (la labor de los intermediarios financieros poniendo en relación el sobrante con las necesidades de liquidez, es imprescindible para el funcionamiento de la economía pero, por supuesto, con control). Y el sobreendeudamiento llegó a los particulares, a las empresas, a las administraciones y a las entidades financieras, que tenían que recurrir al exterior para obtener los fondos necesarios para financiar ese crecimiento desordenado que nadie parecía ver.

Entre todos, por tanto, fuimos hinchando un globo que terminó estallando y destrozando todas aquellas “hipótesis de barro” sobre la que habíamos construido a lo largo de 15 años una burbuja que terminó llevándose por delante muchas convicciones e ilusiones forjadas a lo largo de tanto tiempo de manera –es fácil decirlo ahora- irracional: los más de cinco millones de personas en el desempleo en nuestro país; el montón de casas sin vender; los graves problemas que han arrastrado a una parte importante de la banca española; o los problemas que muestran prácticamente todas las administraciones públicas de nuestro país tienen su origen en esa gestión desafortunada de un sector, el inmobiliario, que sigue siendo imprescindible en España.

Pero eso sí, con racionalidad, con profesionales, con empresarios de verdad, con diferenciación, con calidad, con visión clara e integrada de servicio al cliente, con prudencia, con honestidad.

No podemos volver a aquella situación sin control en el sector de la promoción y construcción inmobiliaria, con una economía absolutamente dependiente, pero no saldremos de la crisis si no contamos con este sector, auténtico motor de otros muchos cuya supervivencia está completamente condicionada. Y no son sectores marginales sino básicos para nuestra economía, como el turismo, el comercio minorista, el mueble, el electrodoméstico, …

Hay mucho trabajo por hacer. Nos tenemos que poner ya manos a la obra.

Las ayudas a la banca, un tema recurrente.

Que no son estrictamente así, cuando se producen, sino apoyos al funcionamiento del sistema, apoyos a la recapitalización y a la liquidez de esos bancos para hacer frente sin traumas a sus compromisos con clientes y financiadores que, al final, suponen garantías para los clientes de esos bancos en crisis, así como apoyo a economías –habitualmente regionales, hasta ahora- a las que esos bancos se han vinculado históricamente y especialmente en los últimos años.

Es un tema recurrente objeto de múltiples debates en los que no quiero entrar y mucho menos defender a la banca que seguramente, en general, tampoco lo necesita.

Se han cometido errores, sin duda, y los responsables de esos errores reiterados deben abandonar sus puestos. Pero hasta donde sea posible, creo que no sería justo castigar a esos responsables sobre la espalda de los clientes de aquellos bancos que, insisto, ni son todos ni la mayoría, sino un grupo muy pequeño que se ha visto especialmente afectado por la evolución de la crisis (burbuja) inmobiliaria.

Esas ayudas pueden llegar a ser reales en esta segunda fase del proceso de reestructuración bancaria si se llegan a ejecutar las garantías plasmadas en esquemas de protección de activos que tratan de garantizar los fallidos que se puedan producir en el “banco ayudado” hasta un determinado porcentaje y durante un periodo de tiempo, y están siempre vinculadas al cambio en la gestión de ese banco que pasa a ser absorbido por otro, que es el que imprimirá nuevos criterios de funcionamiento a partir de la integración.

Es verdad que habitualmente las dificultades de los bancos con problemas derivan de una gestión deficiente de los riesgos (de crédito y de liquidez) en la época de bonanza, lo que abonó, junto a otros factores y actores, la famosa burbuja. Y eso contraviene frontalmente las buenas prácticas bancarias. Por eso el cambio en el modelo de gestión es imprescindible.

Pero si con las ayudas se consigue mantener la confianza de los clientes a través de incorporar seguridad a sus ahorros en sentido amplio, más allá del Fondo de Garantía de Depósitos –que es algo que no estaba prácticamente en la mente de ningún cliente de banca antes de esta crisis-, al menos por la etapa pasada, a la vez que apoya la confianza en las instituciones que favorezca el flujo del crédito solvente (que no es posible volver a caer en el error), esas ayudas estarán bien empleadas.

Es un tema muy reiterado y puede parecer hasta retórico, pero es la verdad: por muy tangibles que sean los productos, por muy real que sea la economía –que evidentemente lo es-, lo cierto es que sin confianza no funciona nada. Por encima de la garantías –que no son más que una segunda línea de defensa en las transacciones comerciales- ninguna relación se perfecciona si no existe previamente una percepción de confianza entre las partes.

Esas “ayudas a la banca” son, en mi opinión, uno de los instrumentos capaces de aportar confianza. Eso sí, solo uno de los elementos. Hacen falta muchos más.