Las ayudas a la banca, un tema recurrente.

Que no son estrictamente así, cuando se producen, sino apoyos al funcionamiento del sistema, apoyos a la recapitalización y a la liquidez de esos bancos para hacer frente sin traumas a sus compromisos con clientes y financiadores que, al final, suponen garantías para los clientes de esos bancos en crisis, así como apoyo a economías –habitualmente regionales, hasta ahora- a las que esos bancos se han vinculado históricamente y especialmente en los últimos años.

Es un tema recurrente objeto de múltiples debates en los que no quiero entrar y mucho menos defender a la banca que seguramente, en general, tampoco lo necesita.

Se han cometido errores, sin duda, y los responsables de esos errores reiterados deben abandonar sus puestos. Pero hasta donde sea posible, creo que no sería justo castigar a esos responsables sobre la espalda de los clientes de aquellos bancos que, insisto, ni son todos ni la mayoría, sino un grupo muy pequeño que se ha visto especialmente afectado por la evolución de la crisis (burbuja) inmobiliaria.

Esas ayudas pueden llegar a ser reales en esta segunda fase del proceso de reestructuración bancaria si se llegan a ejecutar las garantías plasmadas en esquemas de protección de activos que tratan de garantizar los fallidos que se puedan producir en el “banco ayudado” hasta un determinado porcentaje y durante un periodo de tiempo, y están siempre vinculadas al cambio en la gestión de ese banco que pasa a ser absorbido por otro, que es el que imprimirá nuevos criterios de funcionamiento a partir de la integración.

Es verdad que habitualmente las dificultades de los bancos con problemas derivan de una gestión deficiente de los riesgos (de crédito y de liquidez) en la época de bonanza, lo que abonó, junto a otros factores y actores, la famosa burbuja. Y eso contraviene frontalmente las buenas prácticas bancarias. Por eso el cambio en el modelo de gestión es imprescindible.

Pero si con las ayudas se consigue mantener la confianza de los clientes a través de incorporar seguridad a sus ahorros en sentido amplio, más allá del Fondo de Garantía de Depósitos –que es algo que no estaba prácticamente en la mente de ningún cliente de banca antes de esta crisis-, al menos por la etapa pasada, a la vez que apoya la confianza en las instituciones que favorezca el flujo del crédito solvente (que no es posible volver a caer en el error), esas ayudas estarán bien empleadas.

Es un tema muy reiterado y puede parecer hasta retórico, pero es la verdad: por muy tangibles que sean los productos, por muy real que sea la economía –que evidentemente lo es-, lo cierto es que sin confianza no funciona nada. Por encima de la garantías –que no son más que una segunda línea de defensa en las transacciones comerciales- ninguna relación se perfecciona si no existe previamente una percepción de confianza entre las partes.

Esas “ayudas a la banca” son, en mi opinión, uno de los instrumentos capaces de aportar confianza. Eso sí, solo uno de los elementos. Hacen falta muchos más.

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